27.2.09

Retomo el hilo.
Fue en el transcurso de aquella noche en que mi madre, Vivi, comprendió que el sistema médico mata. Es decir, los médicos saben curar una enfermedad, pero es uno mismo quien tiene que tomar las riendas del asunto. No hay metáfora: el sistema mata.
Al día siguiente, Vivi hizo un escándalo de proporciones para que yo recibiera atención médica, y una habitación que al menos estuviera limpia. El escándalo tuvo consecuencias interesantes, por decirlo de alguna manera.
Me interesa contar otra cosa. En aquella época, el Tom y yo estábamos pasando por un mal momento. En realidad, nos habíamos tomado un tiempo. Nos veíamos de vez en cuando.
No recuerdo si fui yo quien lo llamé, o si fue Vivi. Creo que fue ella.
Jamás me voy a olvidar de la cara del Tom cuando entró a la habitación. Me vi reflejada: la piel amarilla, el pelo revuelto, las ojeras negras, el suero, la habitación sucia y el olor a vómito, todo junto, en una mirada.

El Tom se sentó al lado mío, en la única silla que había. Hacía dos semanas que no nos veíamos. Observó la botella de agua que Vivi había comprado, y la cucharita plástica al lado.
-¿Tenés sed?-me preguntó.
Asentí.
Entonces el Tom agarró la cucharita, y me dio agua con ella.


26.2.09

Anécdota con médico a domicilio

Me levanto con fiebre. Llamo al servicio de médico a domicilio. Una hora después, viene a casa una médica, acompañada por un enfermero.

Alabel
Bueno, por las dudas te comento que tengo una nefropatía por IGa.
Médica
Ah...y..te atiende el traumatólogo?


Plop!

25.2.09

El viaje en ambulancia fue incómodo y doloroso; después supe que el suero, si está bien puesto, no tiene porqué doler.
Como estaba en la camilla no pude ver bien el edificio al que estaba ingresando. Sí pude ver la angustia congestionada en la cara de mi mamá.
No usamos ningún ascensor, por lo que deduje que estábamos en una planta baja. Me llevaron a una habitación mínima, color verde agua, un poco sucia. Cortinas viejas , armario de melamina gastada. Había una mujer en la otra cama, durmiendo. Se estaba recuperando de una exitosa operación de vesícula. Otra mujer la acompañaba en una silla. Ninguna habló.

Esa noche fue infernal. No vino a verme ningún médico, y me la pasé vomitando, cagando, llorando. Una enfermera me explicó que no debería salir tanta sangre por el suero, y que más tarde me lo cambiarían. También me dio un dato interesante: si uno está vomitando, no debe tomar mucha agua de golpe jamás. Cualquier ingesta, aunque sea líquido, estimula el vómito. De manera que durante toda la noche, mi mamá me dio agua con una cucharita de plástico.

Ninguna de las dos pudimos dormir.

En un momento dado, mi mamá abrió el armario para dejar mi mochila. Se sobresaltó y retrocedió un paso; fijó su vista en el piso y pisó algo.

-No es nada -me dijo. Estaba agitada.

24.2.09

Olvidé contar un detalle importante: en la Clínica01 vieron mi orina sangrante y decidieron pasarme antibióticos con el suero. Dada la situación de la noche anterior, dedujeron que tenía una infección en las vías altas, a nivel del riñón.

Y así fue que durante dos semanas más, en la Clínica02, me estuvieron pasando antibióticos...con urocultivos negativos. Meses más tarde supe que el diagnóstico fue completamente errado.

Como para que se vayan dando una idea de lo que fue la calidad médica de la Clínica02, digo.-

20.2.09

Sin más explicaciones me subieron a una camilla. No sabía ni a qué sanatorio me estaban llevando. Mirar el mundo desde una camilla es simplemente perturbador. La silla de ruedas al menos conserva el punto de vista normal, sólo que más bajo. Mirar los techos y las caras de la gente desde el punto de vista horizontal recuerda a los cementerios.

Me subieron a una ambulancia y me ataron para que no me cayera. La enfermera se parecía mucho a la de una insufrible película titulada La muerte del señor Lazarescu. Me dijo que no importaba si la sangre subía por el suero, que era normal.

Yo estaba aterrada. No entendía porqué si yo había llegado primero, me estaban sacando. Odié a la chica que había ingresado después de mí. La odié a ella, a su superprepaga, a la clínica, a los camilleros, a todo el mundo.
Y sabiendo que la Clínica01 era lo mejorcito de la Obra Social, no me esperaba nada bueno. Efectivamente, la Clínica02 resultó ser un infierno para mí. Cualquier hospital público hubiese sido mil veces mejor.
Recién fui al baño: rojizo. Reconocí el síntoma y llamé al médico.

-Fuera de eso, me siento bien. ¿Hay algo que pueda hacer?
-No, sabés que no se puede hacer nada. ¿Segura te sentís bien?
-Sí.
-Bueno, quedate en el trabajo y si podés, juntá una muestra. Mostrámela el lunes.

Al rato me vinieron las ganas de vomitar, que me acompañan en este mismo momento. Nunca sé cuándo es real el malestar, y cuándo es mi cabeza asustada. La nefropatía por IGa se manifiesta de forma bastante particular: no pasa nada...no pasa nada...y de repente, pasa.
Decidí quedarme aquí, en la oficina. Es probable que irme a casa con la lluvia sea más cansador. De última, acá en el centro estoy más cerca de los hospitales...y prefiero vomitar acá y no en mi casa, que ya bastante sucia está con la obra, pobre.

Si puedo, a la tarde sigo con el relato.

17.2.09

En este momento estoy censurando algunas cosas relacionadas con el suero, la diarrea, los médicos y demás. No quiero entrar en detalles. Sepan disculpar.

Continúo desde donde dejé. Como conté, éramos tres pacientes en la sala, junto con la chica que acababa de ingresar. Escuché a un médico y a un enfermero conversando sobre ella.
-A ésta hay que internarla, mandala al piso.
Se llevaron a la chica. Pensé que me internarían a mí después y me sentí mejor. Pero no fue así.
Los camilleros me subieron a una silla y me sacaron de la habitación. Mi mamá apareció afuera. Un médico nos explicó al voleo que no tenían camas y que la Obra Social me había derivado a otro sanatorio. Protesté débilmente.
-La chica llegó después que yo y la internaron.
El médico no me respondió y se fue.
Me pasaron a una camilla, ante mi desconcierto. Empecé a asustarme.
-Mamá, no entiendo...porqué ella sí y yo no?
-No sé exactamente. Pero estuve hablando con los padres de la chica afuera...ella tiene Superprepaga.

Yo creía que lo peor había pasado, y estaba a punto de empezar. Qué inocencia.

16.2.09

Antes de continuar con mi relato, les dejo una recomendación para leer la otra campana: Esto no es lo que esperaba, de Lucía. Mordaz como pocos blogs, después del primer post hay que leerlo entero.

13.2.09

Al igual que todos, no recuerdo cuándo empecé a controlar esfínteres. Sí conservo una de las tretas que usaron mis padres para sentarme en la pelela: un libro para chicos titulado "El zapato volador". Según me contaron, me daban ese libro -entre otros- para que jugara a fingir que leía, sentada en la pelela. El libro está todo dibujado y le faltan hojas. Aparentemente, tenía la costumbre de dibujar sobre libros y paredes.
En lo que va de mi vida adulta, pocas cosas me sucedieron más humillantes que cagarme encima. Me negué a usar la chata; todavía podía caminar. El suero estaba colgado a un soporte que no podía quitarse de la cama, de manera que me levanté y saqué la bolsita.
Yo no lo sabía, pero cuando uno baja el suero, la presión disminuye y la sangre sale por el tubito. Fue extraño ver mi sangre mezclándose con el líquido transparente. Luego sucedió muchas veces, porque la diarrea iba y venía, implacable.
Mi mamá tenía que ayudarme en todo.
Vinieron unos médicos. Me hicieron algunas preguntas y se fueron. No la dejaron quedarse a mi mamá en la sala. Me quedé sola, con la persona de al lado dormida.

De repente, ingresaron a una tercera persona, una chica. No sabía que poco más tarde, iba odiarla tanto.

11.2.09

Diógenes y el linyera opinan sobre la relación entre salud y dinero :D

http://www.clarin.com/diario/2009/02/11/diogenes.htm

10.2.09

Un hombre de traje negro me arrastró hacia una silla. Tenía una corbata bordó. Resultó ser un médico que se estaba yendo de la clínica. Fue él quien consiguió el camillero. Mientras mi mamá, nerviosísima, hacía los trámites de rigor, yo miraba la corbata del médico. Era el único foco de color en un lugar gris, azul y blanco.
La silla de ruedas fue un alivio. El camillero me llevó hasta una sala enorme. Había tres camas: me tocó la del medio. Había alguien más, pero no recuerdo quién.
Esa fue la primera vez de muchas en que me pusieron suero. No me impresionó, más bien me causó curiosidad el sistema. Introdujeron una aguja blanca muy fina en mi antebrazo y luego, para mi sorpresa, la retiraron. Resultó ser una cánula que llevaba la aguja en su interior. Al salir, quedó la aguja adentro -que no es de metal, si no del mismo material flexible-. En el extremo sobresaliente, conectaron el tubo del suero.
Creí haberme tranquilizado; al fin y al cabo, era mejor estar allí que en casa. Entonces comenzó la diarrea.

6.2.09

Pedro el Remisero nos llevó a mí y a mi mamá a la Clínica 01.
Pedro posee dos condiciones opuestas al oficio del remisero: 1) no le interesa el dinero, y 2) es terriblemente desorientado.
Yo no podía vomitar nada más y sin embargo sentía una náusea que ocupaba mi cuerpo entero. Mi malestar crecía con cada cuadra que avanzábamos.
-Mmh...por acá no es...-decía Pedro.
Y con cada vuelta que daba, yo me desvanecía más.

De alguna manera llegué consciente a la clínica. Mi mamá me llevó de un brazo a la guardia. Para mi desesperación, estaba lleno de gente. No podía esperar un segundo más: cerré los ojos y me dejé caer.
No recuerdo si llegué al piso o me agarraron antes.

5.2.09

Ahora empieza una parte de la historia que involucra diferentes clínicas, hospitales y médicos. No quiero dar nombres, más que nada porque desconozco si hay consecuencias legales al respecto.

En esa época, yo tenía la Obra Social 01 y no disponía de muchas opciones de internación. Me sentía mal, afiebrada, mareada. Todo a mi alrededor parecía amarillento. Resolví ir hasta la Clínica 02, que supuestamente, era la mejor de la cartilla. Como no teníamos auto, acudimos a Pedro el Remisero.

Pedro tiene unos sesenta años y, amén de su jubilación, se desempeña como remisero informal de señoritas. Toda su clientela está compuesta por mujeres a las que lleva y trae por la mitad del costo de un remise o un taxi. Es tan observador y atento como chismoso. A todas les dice que es su pasajera favorita, y miente con candidez cuando no quiere hacer un viaje. Sin su ayuda, no habría podido costear la gran cantidad de traslados que comenzaron esa misma noche.

4.2.09

Por algún motivo que desconozco, siempre me dio vergüenza faltar al trabajo. Aun teniendo un justificativo -y en este caso, era más que válido. Hube de faltar de todas maneras.
Después de la noche en la guardia, pasé todo el día en casa, metida en la cama. A medida que pasaban las horas me sentía peor.
No podía comer nada. Sentía naúseas como nunca en la vida. Hacia las seis de la tarde empecé a vomitar. Descargué todo, pero no me sentí mejor. Descubrí que el agua también me daba náuseas.
-No te pueden dar náuseas por el agua. Tenés que tomar mucho líquido para limpiar la infección-decía la Madre de Alabel.
Trataba de tomar agua pero me suponía un esfuerzo enorme. Tanto, que cuando vomité con el color verde de la bilis me asusté en serio.

3.2.09

Fue una sensación extraña. Como mirarse al espejo y descubrir que se tiene la piel verde. Miré mi frasco lleno de sangre hasta que un nuevo temblor de fiebre me devolvió a la realidad.
"Infección urinaria", declaró el médico. Debía hacerme una ecografía, pero a esa hora no había ecografista disponible. "Tardará como una hora en venir. No tiene sentido".
Una enfermera entró con una aguja enorme. "¿Eso me vas a poner?", pregunté nerviosa. Esto pareció molestarle, porque asintió de mal modo y sin preámbulos me clavó la inyección de ibuprofeno en la cola.

El médico me mandó a casa con un día de reposo y unos antibióticos.

Craso error.

2.2.09

Al principio, no podía parar de escribir. Posteaba prácticamente todos los días, tenía que contenerme para no subir de dos o tres. Las ideas y las palabras fluían en torrente como nunca me sucedió en Alabelicius.
Ahora estoy como trabada, impedida. Tengo que buscar mis engranajes -que están tirados por cualquier parte- juntarlos, encastrarlos, volverme a armar y de alguna forma, ponerme en funcionamiento.
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/Sonido de tecla apretándose/

START :Mode_narrative

/Sonido de usina eléctrica en funcionamiento/
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El 24 de abril de 2007, a las diez de la noche, empecé a sentir los primeros temblores de fiebre. En mi vida me habían castañeado los dientes de esa forma; tuve que salir de la clase.
Una hora más tarde estaba en la guardia del primer sanatorio que conocí en mis aventuras con Igan. El médico me hizo juntar una muestra de orina. No quería tocar nada en aquel baño mugroso, pero no podía manejar los temblores. Hice lo mejor que pude. Cuando levanté el frasco, contemplé en su interior -por primera vez-la constante que me acompañaría de allí en adelante: sangre.